EL CASTILLO AZUL

Publicado en por jessica


El Castillo Azul, historia y mito de una familia






Hace aproximadamente un siglo y medio hubo en Tarija un comerciante tan rico que decidió edificar para sí un castillo y una casa dorada. Se llamaba Moisés Navajas y nació con la fórmula perfecta para convertirse en potentado: en una cuna adinerada y con gran talento personal para hacer negocios.
La directora de la Casa de la Cultura de Tarija, Adela Lea Plaza, cuenta que a Moisés desde niño se le reconoció agilidad y talento para los negocios. Tal es así que su padre, don Víctor Navajas, interrumpió los estudios secundarios de Moisés a fin de que éste se dedicara por completo al mundo de las finanzas.
El padre de Moisés, Víctor, fue el primer Navajas en llegar al valle chapaco a principios del siglo XIX. Aquí se casó con Feliza Ichazo, una moza del Valle de la Concepción. Era uno de los hijos de Miguel Navajas, un acaudalado judío sefardíta español que distribuyó descendencia y riqueza entre Uruguay y Bolivia. Nunca se supo el origen de la fortuna de los Navajas. Sin embargo, la escritora Zulema Bass Werner afirma como hipótesis que a principios de 1800, los españoles otorgaban una fuerte suma de dinero y condecoraciones a los judíos o paganos que se convertían al catolicismo.


El caso es que Moisés invirtió lo mucho ya traído para convertirlo en más. Para ello además encontró la pareja ideal y se casó con la emprendedora Esperanza Morales. 
Y un día de 1878 empezó a erigir su más célebre legado: una casa a ojos vista de oro y cuyo contenido interior bien podría valer lo que pesaba. La Casa Dorada se constituyó casi 16 años después en un centro económico en Tarija de difícil estimación por lo abundante. Cada una de sus puertas era el umbral de una tienda comercial. Los Navajas vendían telas, alfombras, vidrios, herramientas, madera, pistolas, adornos, muebles, sartenes, ollas, rejas, azadones, mantas, productos de mar, anafres, latas de sardina, cerveza, sobres para cartas, clavos, jarrones, botellas, arroz, tinteros, pelotas de goma. “En fin, todo lo que se pueda imaginar”, exclama admirada Adela Lea Plaza.
La obra fue encargada a los hermanos Miguel y Antonio Camponovo. Los arquitectos utilizaron adobes de barro, ladrillos, cal, piedra, yeso y madera rolliza. La Casa Dorada fue enmarcada en los lineamientos del art noveau (arte nuevo) tendencia de construcción europea que mezclaba diferentes estilos arquitectónicos. El art noveau se caracterizó por la simetría de sus trazos, planificación minuciosa de los detalles ornamentales, pintura mural y pinturas artísticas sobre los tumbados en los techos.


La Casa Dorada fue estrenada el 1 de enero de 1903. La planta alta fue destinada a la vivienda de los propietarios, en tanto que los nueve ambientes de la planta baja se establecieron tiendas comerciales que vendían además de todo lo detallado, sorprendentes y extravagantes productos europeos, hoy difíciles de imaginar. Las tiendas se interconectaban entre sí y sumaban los servicios de un multicentro como farmacia, peluquería, casa de préstamos, despensa, sala de moda femenina, herrería, etc.  
Las mercancías y ornamentos eran trasladados por Navajas y su esposa durante meses en barco y a lomo de mula. La ex secretaria de la Casa Dorada, Carmen Verdún, explicó hace algunos años que la pareja tenía especial dedicación a su farmacia. Sus viajes incluían cuidadosos traslados de pócimas y productos. Su influencia comercial guardaba intensa relación con ciudades como Córdoba, Tucumán, Salta, Sucre y Potosí. 


Imponentes se alzaron a la vista los ángeles colocados en las cornisas de esta mansión. Grandes espejos, alfombrados persas, arañas de cristal de roca y bacarat enmarcaban los ambientes interiores. Consolas de madera tallada, cortinajes de damasco y gobelino, muros empapelados de color dorado, escaleras de mármol y un piano europeo sumaron más lujos para los Navajas. Claro, entre los rigores de la época y la lenta llegada de la modernidad, un detalle llamativo: la mansión no tenía baños. Sólo existía un corral que se utilizaba como urinario y como recibidor de campesinos y mulas.
Navajas cuidó sí de honrar su sangre semita, no sólo con su habilidad para los negocios. Su progenitor fue un convertido al catolicismo y educó a sus hijos en esa fe. Sin embargo, al edificar Moisés su mansión pidió a los arquitectos que formaran en su patio la estrella de David, símbolo de la religión judía.


A pesar de esa reminiscencia, Moisés Navajas lucía en su morada una pequeña, pero fastuosa capilla católica. Allí el techo fue pintado por Helvecio Camponovo y José Strocco, artistas italianos que dibujaron 28 escenas de la vida, pasión y muerte de Jesús.    
Del carácter del magnate, cuyos documentos revelan abultadas transacciones en varios continentes, se recuerdan ciertas particularidades. Se asegura que era duro con sus deudores a los cuales quitaba sus bienes si se retrasaban en el pago de intereses. Pero también se rememora su lado noble. Donó un asilo para ancianos y un orfanato. También colaboró con fondos económicos para la construcción del Hospital Regional San Juan de Dios. Donó predios para la universidad y una especie de alameda que forma el actual parque Bolívar. Dicha vía otrora funcionaba como una fastuosa entrada a la otra edificación emblema de los Navajas, el “Castillo Azul”, la casa de campo y eje de otra larga historia.

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Juegos 09/17/2009 13:13

Pues he de ser sincero y el castillo azul no lo conocia, ni a el ni a su historia, pero bueno, me parece bastante bonita.